“Las Mamás belgas”, una historia de mujeres valientes y solidarias

En venta en librerías en todo España (Editorial El Mono Libre).

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Sven Tuytens, corresponsal de la radio y televisión pública belga que vive en España desde hace ocho años, publica su primer libro en castellano, fruto de la investigación sobre una curiosa fotografía. La imagen muestra a once mujeres el Primero de Mayo de 1937 en la Plaza de Cataluña (Barcelona). Era su primer día en España. Y es el primer capítulo de Las mamás belgas,  editado en España por El Mono Libre Editorial.

Todas las mujeres que refleja la fotografía eran de origen judío, comunistas y habían salido de Amberes con el propósito de combatir el fascismo.Tras su paso por Barcelona ese Primero de Mayo, viajaron en tren a Onteniente con paradas que les permitieron ver el ambiente alegre de Albacete, base de las Brigadas Internacionales.

Las 21 voluntarias –se sumaron otras mujeres que no aparecen en la fotografía de Barcelona- trabajaron como enfermeras atendiendo heridos de guerra en el hospital Militar Republicando de Onteniente financiado con fondos de sindicatos belgas y de la Internacional Socialista. Se trata de un edificio que sigue en pie como colegio religioso aunque casi nada en su interior revela que fue hospital de guerra y de los más avanzados de la época. Llegó a ocuparse de 800 heridos. El autor ha encontrado las huellas del hospital camufladas entre los libros de la biblioteca y en la reja de lo que fuera un convento.

Las “Mamás belgas” transformaron no sólo el hospital sino también las costumbres de la ciudad. Una enfermera española que tenía entonces quince años y hoy 97, Rosariet, y a quien las belgas llamaban “La Peque”, ha contado a Sven Tuytens, su recuerdo de aquellas valientes que tomaron la decisión de jugarse la vida por sus convicciones. Entre los pliegues de su memoria destaca la personalidad de Vera Luftig, que  vino a luchar con dos hermanas, Rachel y Golda, también protagonistas del relato y con sus maridos y novios, brigadistas internacionales.

La mayoría de ellas se reunían desde antes de la guerra en España en un local marxista de Amberes. Su fuerte compromiso político las llevó ya desde el año 1934 a atender a refugiados políticos que huían principalmente de la Alemania nazi. En aquellos años el enfrentamiento en el campo de batalla con el fascismo parecía inevitable, cosa que la guerra en España vino a confirmar. Y ellas querían estar en primera línea del frente.

Vera Luftig

Mujer culta, elegante, atractiva y bien relacionada, Vera se enteró de que la Internacional Obrera y Socialista (IOS) y los sindicatos belgas habían impulsado la creación de un hospital militar internacional en Onteniente, transformando el monasterio de los Franciscanos —y actual colegio de la Concepción—. Precisamente ella organizó el viaje a España.

Hospital Militar

Los primeros días en el hospital de Onteniente, en mayo de 1937, apenas llegaban heridos de guerra por la lejana ubicación del hospital pero después tuvieron que atender a los heridos del frente de Teruel, cuando quedaron impresionadas con las heridas por congelación. La guerra se recrudecía y atendían a población civil que había sufrido bombardeos indiscriminados de la aviación fascista. Poco antes de su salida de España atendieron a muchos de los más de 200 heridos en el bombardeo de Játiva, más conocido como el Guernica valenciano, donde murieron 129 personas.  Dos de ellas se habían trasladado al hospital de Villanueva de la Jara (Cuenca).

Derrotada la República tuvieron que escapar hacia Argelia antes de regresar a Bélgica. No les esperaba allí un destino mucho mejor. En 1940, sería ocupada por los nazis y una nueva guerra llegaba a sus vidas. Muchas de ellas se truncarían en violentas persecuciones o en campos de concentración. De quienes sobrevivieron, fueron mayoría las que combatieron hasta el final al fascismo en la Resistencia e incluso con la lucha armada. Vera Luftig, que había perdido a su marido, brigadista, en la batalla de Madrid, siguió luchando en la Resistencia y entró en una red de espionaje soviética llamada la Orquesta Roja. El relato recorre sus pasos y nos acerca a la personalidad de esta mujer que tuvo que ocultarse con varios nombres falsos como también hicieron otras de sus compañeras para sobrevivir.

Sven Tuytens ha querido dar voz a estas heroínas anónimas, rescatarlas de la memoria silenciosa, porque “cuando se habla de las Brigadas Internacionales suele hablarse de la guerra y de la muerte de los hombres, pero no de las mujeres”. Y ha escrito el libro a partir de testimonios de las enfermeras, que dejaron en forma de cartas o diarios y también de entrevistas a las supervivientes y testigos de la época en que estuvieron en Onteniente; así como encuentros con sus hijos. El autor ha tenido acceso a fotografías inéditas y a documentos desconocidos hasta la fecha y ha entrado en archivos internacionales para recuperar la memoria de estas 21 vidas solidarias cuya memoria nos devuelve con este libro.

Las Mamás belgas

Estos son sus nombres:

Vera, Golda y Rachela Luftig, Lya Berger, Henia Hass, Rachel Wacsman, Hilda Wajnsztejn, Rajza Goldfinger, Genia Gross, Lucy Blitzer, Frieda Buchhalter, Lily Friedman, Olga Harmat, Gutka Kinzclewska, Anna y Adela Korn, Rosa Leibovic, Marie Mehrel, Stunea Osnos, Rachel Oulianetsky y Cyla Vospe.  

Fragmentos del libro

Se incluyen dos fragmentos de Las mamás belgas. El primero recupera el testimonio de Jo Bovenkerk, una de las enfermeras, en su primer viaje en tren por España. El capítulo 14 recoge el testimonio de Jenny Schaddelee sobre los espías y el sabotaje. El último  muestra el impacto de Vera Luftig en el grupo de enfermeras y en Onteniente.

 

CAPÍTULO 9

“La primera imagen que me surge ahora es la de un paisaje español soleado lleno de amapolas, aunque nuestra atención estaba más pendiente de los viajeros que iban con nosotras. El tren estaba abarrotado, pero nos hicieron sitio. Me refiero a que había hombres y mujeres con cestas de verduras y frutas, además de niños sentados en el suelo pese a que la gente escupía allí sin más.

Aun así, la mayoría de pasajeros eran milicianos. Ninguna de nosotras hablaba una palabra de español, de manera que empezamos a aprender. Nos señalábamos la nariz, las orejas y repetíamos las palabras. Aprendimos a contar. Con nuestros pequeños diccionarios Lilliput intentábamos que nos entendieran y comprender lo que nos decían.

Había una brigadista suiza que estaba muy decepcionada por que hubieran retirado de los frentes a las mujeres y a los niños. Al principio de la guerra les habían permitido estar. Había una canción que así lo atestiguaba: «Mujeres al frente, niños al fusil».

Tantos hombres jóvenes alegres y entusiastas, tantos idiomas, saludos, canciones, altavoces en la plaza con los boletines informativos y la incertidumbre ante lo que pudiera ocurrir, el hecho de que viniera gente de todo el mundo a arriesgar su vida para combatir el fascismo… Si de una cosa no dudábamos, era de que ganaríamos esa guerra.”

 

CAPÍTULO 14

La horrible visión de los muchos soldados muertos y heridos reforzó a Vera en su determinación de continuar con la lucha. El 3 de diciembre de 1937 había visto cómo Cecilio, el hijo pequeño de un campesino español de apenas veintidós años, perdía su lucha contra la muerte. Era oriundo de Alía, cerca de Cáceres, y su muerte debió de afectarla mucho. Días después vertía sus sentimientos en forma de carta, que mandó a Het Vlaamsche Volk, el periódico del Partido Comunista Flamenco, que la publicó el 25 de diciembre de 1937:                

“Desde que he comprendido lo que significa la lucha de clases, las cuestiones sociales y políticas, soy antifascista. Desde que la guerra azota España […]he aprendido a combatir aún mejor el fascismo. También sé que una bala fascista italiana le arrebató la vida a mi amadísimo esposo. ¡Razón suficiente para odiar el fascismo! Pero hasta esta guardia nocturna no he visto ni sentido cara a cara lo que hacen los fascistas”.

Durante mi investigación, salió a relucir de manera inesperada la historia de Vera y el joven soldado. En junio de 2016, Benjamín Bono, un español residente en Flandes, me contó una historia que se le había quedado grabada para siempre en la memoria. Su familia provenía de la comarca de Onteniente y en 1970 fue a visitar a sus padres, que vivían en un pueblo cercano. Un día, mientras paseaban por el centro histórico de Onteniente, mientras su esposa belga y él hablaban, una anciana del lugar, intrigada por la conversación que mantenían ambos en un idioma extraño, se dirigió a ellos, ya que los turistas extranjeros eran y siguen siendo poco corrientes en la ciudad. La mujer les preguntó de dónde venían y, cuando oyó que la pareja venía de Bélgica, les preguntó si los había enviado Vera. Benjamín respondió que él no conocía a ninguna Vera, pero la mujer insistió: «Vera era belga, así que seguro que tenéis que conocerla». Contó cómo aquella enfermera había estado luchando por la vida de su hijo herido, que había muerto en sus brazos. Al regresar a Bélgica, Benjamín comprobó que durante la guerra civil española unas voluntarias belgas estuvieron trabajando en un hospital militar de Onteniente.”